Koiné: Lengua común que se establece unificando los rasgos de diversas lenguas o dialectos. Pretende generar actividades de Filosofía aplicada y prácticas filosóficas en personas de todas las edades.
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lunes, 25 de abril de 2022

Resumen: XXII Café Filosófico Virtual: "¿Qué significa vivir en pareja?"

 ** Aviso ** Esto es un resumen de la actividad. Puede contener equívocos y algunos comentarios o aportaciones que se hicieron pero que no se se recopilaron.

Empezamos el Café Filosófico Virtual nº 22 calentando motores y realizando un pequeño disparador para situarnos frente al tema. Les pedi que pensaran en cinco normas, ordenadas de mayor a menor, que deban darse en una relación de pareja sana. 


 Cada quien dio su lista y sus prioridades. Entre estas salió el diálogo, la confianza, el respeto, la vida sexual activa, el cariño, el compromiso, la responsabilidad, los proyectos comunes, el espacio individual, etc.

Tras esto pasamos a leer los fragmentos del libro Amo, luego existo, de Manuel Cruz (Espasa, 2010) y pasamos a analizarlos.

1. El amor entre los cuerpos (Pedro Abelardo y Eloísa)

«Parecería como si el umbral máximo de lo que resultara entre nosotros correcto aceptar para quienes han dejado definitivamente atrás la condición de cuerpos gloriosos fuera el de una ternura apenas coloreada por una suave tonalidad pastel de pasión residual. Pero tal vez el cuerpo responda a una lógica que a tales discursos se le escapa por completo. Tal vez sea que, así como la palabra guarda la memoria del alma, el deseo conserva la memoria del cuerpo. O quizá sea que el cuerpo tiene su propia memoria y es capaz de ver en el cuerpo que yace a su lado el que fue, aunque ya apenas lo sea; rescata del olvido el brillo del pasado y lo trae, con amorosa delicadeza, hasta el presente, redimiéndolo de la usura del tiempo, del castigo inmisericorde del devenir. Se equivocan quienes creen que los cuerpos se conforman, se resignan, se avienen a lo que les es dado. No. El cuerpo recuerda la plenitud que tuvo aquel otro con el que ahora se está fundiendo. El cuerpo preserva la memoria —su propia memoria— de lo que conoció, de lo que alguna vez fue suyo. No intento referir una ensoñación o una fantasía. Absténganse de sonreír, displicentes, sobrados en su ignorancia, quienes no conozcan esta experiencia: sentir la violenta punzada del deseo al reconocer en ese cuerpo que ha cambiado radicalmente, que casi en nada se parece al de tiempo atrás, sus contornos perdidos, el fresco olor que lo identificaba, la tersura hoy marchita de su piel. Solo desde esa memoria del cuerpo a la que me he venido refiriendo resulta inteligible tan reveladora experiencia. Quienes sí la conozcan no solo sabrán, con perfecta exactitud —con total precisión—, de qué he estado hablando. Gozarán, además, de un privilegio suplementario: comprenderán el significado profundo de lo que les pasa y, en similar proporción, acaso les sea dado reconciliarse con ello, desembarazándose, en el mismo gesto, del sentimiento de vergüenza y de culpa que esta sociedad se obstina en cargar sobre sus conciencias por cometer el delito de desear libremente.»

2. Del amor como alegría (Spinoza).

«Aquello, por tanto, que constituye la condición de posibilidad de la alegría es al propio tiempo lo que la amenaza. Aquello que el individuo ama porque constituye el instrumento privilegiado para alcanzar la felicidad es precisamente aquello que lo esclaviza y, en la misma medida, lo que le resulta odioso. Las emociones, imprescindibles para preservar, perseverar y mejorar al sujeto, lo convierten en dependiente de la fortuna, condenado «a ser zarandeado por causas exteriores y no gozar nunca de la verdadera tranquilidad de ánimo». La inequívoca inspiración estoica de los planteamientos spinozianos aboca, en el caso específico de la emoción amorosa, a la misoginia y, en el de las emociones en general, a la renuncia a las cosas que otros consideran esenciales para el bienestar. No existe, de acuerdo con lo expuesto, más amor que el amor anestesiado, más pasión que la que conseguimos que no exista. Hay renuncia, reconoce Spinoza al final de la Ética, pero ella misma es la prueba de que hemos alcanzado la felicidad. Alguien podría valorar este recurso argumentativo postrero como una manifestación, apenas enmascarada, de la ancestral tendencia del pensamiento a presentar lo inevitable como virtuoso. Se diría que nuestro autor intenta protegerse de este reproche cuando concluye su libro con un tan rotundo como enigmático «todo lo excelso es tan difícil como raro». Pero tal vez conviniera detenerse un paso antes de esa conclusión, en el momento en el que Spinoza constata el misterio que acompaña a la elección de la persona amada. Que quedemos prendados de alguien que sobre el papel no cumplía ninguno de los requisitos que estábamos convencidos de que debía cumplir nuestra pareja ideal o que, a la inversa, nunca estalle la chispa con aquella otra persona que sí parecía cumplirlos y con la que incluso, por añadidura, teníamos trato frecuente y fluido, quizá no impugne la idea spinoziana de que lo que está en juego en el amor es la satisfacción de toda una serie de necesidades profundas del yo. Acaso lo que pruebe la pareja inesperada o sorprendente es que uno nunca termina de conocerse del todo a sí mismo.»

3. Acerca de la promesa, tan imposible como inevitable, de amor eterno (Nietzsche).


«Caemos entonces en la cuenta de que lo que realmente habríamos perdido en el camino es algo de nosotros mismos. Nuestro propio yo habría cambiado, lo que es como decir que el yo anterior habría muerto. Se trata, señala Proust, de «una verdadera muerte de nosotros mismos, muerte tras la que vendrá una resurrección, pero ya de un ser diferente y que no puede inspirar cariño a esas partes de mi antiguo yo condenadas a muerte». La cosa va más allá, pues, del hecho sabido de que mi relación con los otros proporciona la ocasión, el medio, para tener noticia de mí, o incluso de que la única forma de experiencia de mí mismo me viene dada a través del otro. Estaríamos afirmando que en realidad son los otros —y especialmente esos otros a los que nos abandonamos en la experiencia amorosa— quienes nos constituyen, quienes nos conforman, quienes nos hacer ser, precisamente, aquello que somos. De tal manera que cuando se van, cuando los perdemos, cuando desaparecen de nuestras vidas, se llevan con ellos algo sustancial, básico, de nuestra realidad personal. Su muerte es nuestra muerte o —si es nuestra la decisión de terminar con ese vínculo— nuestro suicidio. No se pretende con lo anterior cargar las tintas retóricas o deslizarse hacia la grandilocuencia sentimental. Estamos hablando de la esfera simbólica, claro está, pero resulta escasamente discutible la centralidad que la misma ocupa en la existencia humana. Quedarnos sin un yo continuo, permanente, estable (opción con la que tanto parece sintonizar Nietzsche), altera de manera sustantiva los esquemas mentales con los que estábamos acostumbrados a funcionar, también en materia amorosa. Si pasamos a hablar en términos de discontinuidad del yo o, dando un paso más, de múltiples yoes a lo largo de nuestra vida, la mayor parte de registros con los que funcionábamos para administrar nuestras relaciones con el futuro y con el pasado parecen saltar por los aires. ¿Qué sentido podría tener la nostalgia por un pasado que atribuiríamos a un yo diferente al actual? ¿O la melancolía por lo que pudo haber sido y no fue... de otro? ¿Tendría más sentido la ilusión por lo que pueda esperarle a alguien que tal vez ni siquiera sea yo mismo? Acaso la disolución más inquietante del yo no sea la que se produce en la cima de la pasión, en los instantes-cumbre del vértigo amoroso: a fin de cuentas, de tales presuntas disoluciones teníamos sobrada noticia a través de los románticos —que se encargaron, de paso, de tranquilizarnos, haciéndonos saber el carácter reversible, un poco de mentirijillas, de las mismas—. El escritor que, exaltado y torrencial, nos narra cómo vivió aquella experiencia en la que creyó perder su yo en otros brazos puede hacerlo, precisamente, porque lo ha recuperado (y regresa para contarlo). La tristeza fría del que juró amor eterno en vano es, en cambio, el relato remansado de la ruina de una intensidad. La crónica de una desaparición que se lleva consigo al cronista. El mapa de un mundo empobrecido.»

4. El debate sobre el paternalismo (Sartre y Beauvoir).

«No solo la figura de la sacerdotisa o el poeta sino también la del enamorado aparecía revestida de un considerable prestigio social. Eran locos, sí, pero locos elegidos por un dios que los había trastornado. Su locura, en consecuencia, era pasión, inspiración, delirio profético. Frente a esto, probablemente lo más correcto que cabría decir para señalar la diferencia respecto a la situación actual es que nosotros no terminamos de saber a qué carta quedarnos, excepción hecha de la enfermedad mental, de la que se ha hecho cargo decididamente el discurso de la psiquiatría. Pero si pensamos en el caso de los enamorados, parece claro que nuestra sociedad tiende a considerarlos o no incompetentes básicos más por las consecuencias de sus acciones que por sus acciones mismas. Si aquellas resultan institucionalmente aceptables, los errores de perspectiva de los protagonistas tienden a ser juzgados no solo como inocuos, sino incluso como necesarios (por no decir positivos). De tal manera que a nadie se le ocurriría, pongamos por caso, preocuparse en el transcurso de una ceremonia nupcial por el hecho de que los contrayentes, cegados de amor, creyeran ver el uno en el otro dones interiores o exteriores que a un observador imparcial se le antojaran más que dudosos. En tal caso, a buen seguro dicho observador tendería a manifestar, en un alarde de condescendiente consecuencialismo: «mientras sean felices...». En tanto que si, por el contrario, esa misma ceguera de amor les llevara a cometer locuras, esto es, poner su vida patas arriba, deshaciendo un hogar, poniendo en peligro sus bienes u otras catástrofes parecidas, lo más probable es que, de estar en su mano, el presunto observador imparcial de hace un momento intentara incluso incapacitarlos (esto es, declararlos incompetentes básicos desde un punto de vista legal). Nuestra sociedad, en efecto, no parece acabar de saber a este respecto a qué carta quedarse con los enamorados. Pero, en todo caso, mientras de puertas para afuera los jalea abiertamente, de puertas para adentro da la sensación de que no se fía ni un pelo de ellos. Desde luego, Sartre en sus libros parecía desconfiar mucho. Con todo lo que él había vivido. ¿O tal vez era precisamente por ello?»

5. La construcción social de la soledad (Hannah Arendt)

 «Tal vez sea este el cabo del que valga la pena tirar para intentar deshacer la pequeña madeja esbozada. En efecto, vista desde esta última perspectiva, cabría definir la soledad como la vivencia de que no importamos a aquellos que nos importan. La persona que le cuenta a otra su sentimiento de soledad no está incurriendo en una grosera contradicción (¿cómo va a estar solo alguien que tiene ante quién lamentarse de su soledad?), porque el supuesto de fondo es esa dimensión cualitativa, selectiva, de la soledad. Que incluso admitiría una vuelta de tuerca más: nos sentimos solos cuando no importamos de la manera que querríamos importar a aquellos que nos importan. El adolescente perdidamente enamorado de su compañera de pupitre no obtiene el menor consuelo porque esta le diga que siente un profundo afecto por él, o que lo considera su mejor amigo, y tiende a experimentar un sentimiento de abismal soledad por no ser correspondido. Por supuesto que la noción de importar dista de estar clara o de resultar inequívoca. Hay importancias que nos vienen dadas (en muchos sentidos), en tanto que otras dependen por completo de nosotros. Una madre o un padre no deciden que sus hijos son importantes para ellos (si se lo plantearan en tales términos probablemente diríamos que son padres desnaturalizados), mientras que en el caso de relaciones de un tipo distinto lo propio es afirmar que implican de manera necesaria un alto grado de construcción. No es solamente que uno elija, pongamos por caso, a sus amigos, sino que la relación misma de amistad, como suele decirse, se cultiva, esto es, reclama atención, cuidado e incluso mimo. Algo parecido cabría afirmar de la relación amorosa. Pero en todo caso hay una cuota ineludible de soledad, consustancial al hecho mismo de vivir con otros. No hay modo de sortear esa realidad: de la misma manera que todos conocemos la experiencia de estar solos, así también con bastante frecuencia no nos importan de la manera que ellas quisieran personas para las que nosotros podemos ser extremadamente importantes. No queda más opción que el aprendizaje de la soledad, que el esforzado trabajo interior de no identificar soledad con abandono, de aceptar que la compañía de los demás se dice de muchas maneras. En el primer redactado de la presente reflexión concluía señalando que, a fin de cuentas —por cambiar de registro (y recuperar de paso un argumento del principio) —, nadie está más solo que el que escribe y nadie, al mismo tiempo, puede esperar mayor compañía que la que proporcionan los textos. Luego, voces queridas me advirtieron del peligro de que un planteamiento así evocara concepciones romántico- idealistas-subjetivistas de la escritura. Decidí entonces acogerme a la autoridad de Arendt y recordar lo que ella escribe al tratar del hombre que ama la bondad: «en su vida con los demás ha de ocultarse de ellos y ni siquiera puede confiar en sí mismo para atestiguar lo que hace». En definitiva: «no está solitario, sino solo». Radicalmente solo, por si hace falta remachar el clavo.» 

6. ¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo? ¿O es justamente al revés? (Foucault)   

«Nos permiten pensar incluso la propia condición sexual como producto histórico-social. Pero —henos aquí ante la pregunta decisiva— ¿hacen inteligible el amor o lo convierten en un imposible, un espejismo o una excrecencia de otra cosa distinta a sí mismo? ¿Es solo un modo de subjetivación como cualquiera en el que el otro oficia a modo de instancia necesaria para la producción de la propia subjetividad? ¿Ejemplifican las relaciones que tienen lugar en el seno de una pareja aquel juego a que antes se aludió entre sujeto y sujetado, en el que la persona amada se constituye en el polo al que la que ama debe someterse (porque, en sus expectativas, anhelos y deseos, representa al tiempo que materializa un conjunto de normas sociales), pero que a la vez la instituye como soberana, protagonista libre que funda y decide el sentido de su propia existencia? En buena medida sí, con todo lo que esto implica. Porque la estricta aplicación de la lógica foucaultiana deja en evidencia, no solo cuánto tiene de frágil la sujeción, sino también cuánto tiene de espejismo la soberanía. El mismo vínculo amoroso que en un primer momento puede ser vivido como liberación (porque por fin permite al que ama estar con la persona amada sin restricción alguna), más tarde puede ser percibido como atadura. Y a la inversa: lo que antes de conocer a alguien pudo ser identificado con absoluto sometimiento, al enamorarse puede pasar a ser experimentado como plenitud liberadora. Al individuo le pasa lo mismo que a los grupos sociales, y de la misma manera que la historia de la humanidad está trufada de episodios de rechazo a las prácticas sociales encaminadas a la producción de identidades sometidas, de desobediencia de individuos y grupos a situaciones que finalmente han terminado por percibir como intolerables, así los individuos constantemente dan por finalizados capítulos de su existencia que en su momento abrieron con vocación de eternidad. Foucault, en efecto, se esforzó en pensar distinto. Lo que significa, entre muy diversas cosas, que intentó pensar con otras metáforas, tutelado por otras imágenes. Sabemos —gracias, entre otros, a Richard Rorty— a dónde conducen las figuras geométricas que atraviesan toda la filosofía occidental: a esquemas dicotómicos, jerárquicos y claustrofóbicos que convierten los límites del lenguaje en confín irrebasable. Así, ideas como la de la liberación son hijas de un esquema de este tipo, en el que el rechazo del orden establecido solo podía pensarse como fruto de una identidad alternativa, o de una identidad esencial sojuzgada que había terminado por rebelarse. Pero eso que nos obstinamos en llamar nuestra libertad ni está esperándonos en ningún exterior (como sucede en el modelo en el que alguien desde fuera viene a decirnos cómo debemos ser o cómo tenemos derecho a vivir, esto es, hace que veamos la luz), ni a salvo en el sagrario de ninguna profunda intimidad (como ocurre en esa versión según la cual algo muy dentro de nosotros nos lleva a responder de una determinada manera). Tanto Foucault como Deleuze han intentado superar este esquema imposible sugiriendo la noción, de inspiración inequívocamente visual («La superficie no se contrapone a la profundidad [que retoma a la superficie] sino a la interpretación»), del pliegue. Un pliegue es un interior hecho de exterior. Plegamos el exterior cuando en la relación que mantenemos con nosotros mismos aceptamos o rechazamos, asociamos, elegimos o combinamos modos diferentes de acción. Es así como conducimos nuestra conducta y somos artífices de esa conducción. Es en eso en lo que se sustancia la tan manoseada idea de libertad: en el margen, fundador de sometimiento o de novedad, de aceptar o rechazar, al que no cabe renunciar y del que no nos pueden desposeer. Pocos como el autor de Historia de la locura o Vigilar y castigar han mostrado con tanta crudeza el mal del que procedemos, el daño que habitaba en nuestro origen. Pero es precisamente el ser sabedor de todo eso —y el habérnoslo hecho saber a nosotros— lo que colma de sentido esa invocación a la pasión con la que se vio bruscamente interrumpida su obra. Era una invocación luminosamente desesperada: o habilitamos un pliegue para la vida o quedamos convertidos en un puro exterior, aplastados bajo el poder, adheridos a sus contornos como una segunda piel, convertidos en mera caja de resonancia de sus designios. La vida, precisamente porque es mortal, tiene que ser una obra de arte. Una existencia puede ser una obra perfecta y sublime, y se hace difícil pensar que tal cosa pueda darse sin la presencia de la pasión y del amor (¿nos atreveríamos a decir que vivió plenamente alguien que no los hubiera conocido?). O, si les parece, formulemos esto mismo en forma de máxima: una vida que renunciara a semejante aspiración, que no apuntara a un horizonte como el señalado, no sería digna de ser vivida.»


Concluimos la actividad eligiendo democráticamente el tema y la fecha para el XXIII Café Filosófico Virtual

Domingo, 8 de mayo a las 17:00 (hora española)

"¿Existe una pérdida de principios en nuestra sociedad?"

 

Referencias
Amo, luego existo. Manuel Cruz. Espasa, 2010

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domingo, 13 de marzo de 2022

XXII Café Filosófico Virtual: "¿Qué significa vivir en pareja?"

Volvemos, otro mes más, a abordar un tema nuevo elegido por las y los participantes del Café Filosófico. En esta ocasión la mayoría ha votado por este tema:

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Nuestra máxima es muy simple:

"No es suficiente tener el valor en tus convicciones, también debes tener el valor de que tus convicciones sean desafiadas."  Christopher Phillipps - Sócrates Café

 

lunes, 21 de febrero de 2022

Resumen: XXI Café Filosófico Virtual: "¿Qué es la belleza?"

 ** Aviso ** Esto es un resumen de la actividad. Puede contener equívocos y algunos comentarios o aportaciones que se hicieron pero que no se se recopilaron.

Comenzamos el Café Filosófico Virtual nº 21 calentando motores y realizando una pequeña actividad para calentar motores. A esta la llamamos "El clasificador de belleza" y ordenamos, por medio de una puntuación del 1 al 10, diferentes obras de arte que considerábamos las más o las menos bellas. Evidentemente este juego tenía una pequeña trampa y es que son obras que no destacan por lo que habitualmente entendemos una obra "bella". Aquí dejamos el fragmento del disparador reflexivo.

Textos que hemos usado para la ocasión

1. Lo bello y lo bueno

«Kaloskagathia se define como “el más alto ideal del hombre que es capaz de forjar nuestro espíritu y que todo noble aspira a realizar en sí mismo” (Jaeger, 1985). En esta definición vemos por un lado un grupo reducido que aspira a tal calificativo (la nobleza) y el interés del ser humano por apoyarse y querer parecerse a lo ideal. Cuando hablamos del ideal de hombre, estamos refiriendo a la areté. Antes de que la entrada al gimnasio fuese libre, era un lugar que solamente los nobles frecuentaban. Para ellos, el trabajo en el gimnasio era una analogía del camino hacia la excelencia en la vida de uno. El gimnasio era un lugar donde los nobles aspiraban a la belleza. Aspirar a la belleza, significa al mismo tiempo nobleza y selección, supone no perder oportunidad de perseguir la areté. Es a través de la “subordinación de lo físico a una más alta “Belleza”. El sacrificio de su vida por esa alta belleza, siendo la muerte el premio para alcanzar una gloria perdurable”(Jaeger, 1985). La traducción de kaloskagathia que sería, bello y excelente, no queda claro si se es bello porque se es excelente (porque se tiene areté alta) o viceversa. Si se es bello por la areté, la kaloskagathia es resultado de una alta areté.»

2. Lo feo es malo

«La forma de considerar lo feo está delimitada con precisión por su propia naturaleza. Lo bello es la condición necesaria de su existencia y lo cómico es la forma en cómo él, frente a lo bello, se libera de su carácter exclusivamente negativo. Lo bello simple está por antonomasia en relación negativa con lo feo: es sólo bello en la medida en la que no es feo, y lo feo es sólo feo en la medida en que no es bello. Es bello sin necesidad del brillo que produce su contraste con lo feo, pero lo feo es el peligro que lo amenaza internamente, la contradicción que lleva en sí mismo por su naturaleza. Ocurre diferente en el caso de lo feo. Desde el punto de vista empírico es lo que es por sí mismo, pero aquello que es lo feo es sólo posible por su relación con lo bello que contiene su medida. Lo bello es, como el bien, absoluto, y lo feo, como lo malo, sólo relativo.
[...]
Que lo feo es un negativo queda suficientemente aclarado con lo dicho. Mas el concepto general de lo negativo no tiene otra relación con la fealdad aparte de la de expresar algo negativo. La idea de lo negativo en general en su pura abstracción no tiene ninguna forma sensible. Aquello que no puede manifestarse sensiblemente no puede convertirse en objeto estético. Del concepto de la nada, de lo otro, de lo desmesurado, de lo inesencial, de lo negativo en general —en cuanto abstracciones lógicas— no se pueden dar intuiciones ni representaciones, porque en cuanto tales no pueden caer dentro de la sensibilidad. Lo bello es la idea que se convierte tanto en elemento de lo sensible como en libre configuración armónica. Como negación de lo bello, lo feo comparte con él su elemento sensible y no puede por ello darse en una región ideal en la que el ser existe sólo como concepto, pero privado de realidad en cuanto esta se ajusta a las condiciones del espacio y el tiempo. Y tan poco se le puede denominar feo al concepto de lo negativo en general, como a ese negativo que es lo imperfecto.»


Estética de lo feo, Rosenkranz


3. ¿Qué es lo bello?

«si bien es cierto que belleza y fealdad, sin más aún que dulzura y amargura, no son cualidades de los objetos sino que pertenecen enteramente al sentimiento interno o externo, hay que admitir que existen ciertas cualidades en los objetos que están adaptadas por naturaleza para suscitar esos sentimientos específicos. (...) Cuando los órganos son tan finos que nada puede escapárseles y al mismo tiempo son tan precioso que perciben cada uno de los ingredientes de la composición, a eso lo llamamos delicadeza del gusto (...) Aquí son útiles, por lo tanto, las reglas generales de la belleza, ya que derivan de modelos reconocidos y de la observación de lo que gusta o disgusta.»

Hume, Ensayos morales, políticos y literarios


«Para decidir si una cosa es bella o no lo es, no referimos la representación a un objeto por medio del entendimiento, sino al sujeto y al sentimiento de placer o de pena por medio de la imaginación (quizá medio de unión para el entendimiento). El juicio del gusto no es, pues, un juicio de conocimiento; no es por tanto lógico, sino estético, es decir, que el principio que lo determina es puramente subjetivo. [...] No hay ciencia de lo bello, sino solamente una crítica de lo bello. Si hubiera una ciencia de lo bello se diría científicamente si una cosa debe ser o no tenida por bella. [...] Lo bello es lo que agrada universalmente en el juicio solo (y no, por consiguiente, por medio de la sensación, ni según un concepto del entendimiento) De aquí se sigue naturalmente que puede agradar sin ningún interés.» 

Kant, Crítica del juicio

4. El fin de la belleza




Entrevista en El País al autor
¿Cuál es el actual significado de la belleza para el arte contemporáneo?

Ésa es la pregunta que me planteé al escribir El abuso de la belleza. Lo que el libro trata de explicar son las probablemente buenas razones por las que la gente no da por sentado que el arte actual tiene que ser bello. Al inicio del siglo XX la belleza era uno de los propósitos, se trataba de crear un objeto hermoso con el fin de lograr la delectación estética. A principios del siglo XXI nos encontramos en una situación muy distinta. Lo que el libro intenta hacer es explicar, desde el punto de vista de la historia del arte, por qué sucedió eso. Por qué se fue la belleza y nunca más volvió. Por otro lado, también he procurado explicar por qué es una opción y no una obligación o una necesidad para el artista el hacer un objeto bello. Como consecuencia de esto, ofrezco un análisis que sugiere que la opción de hacer algo bello está indicado cuando su ser bello contribuya al significado de la obra. Yo llamo a eso belleza interna.

La concepción de los dadaístas en 1915, en Zúrich, desde donde podían escuchar el bramido de los cañones, les llevó a decidir que ellos no proveerían de belleza a una sociedad capaz de una guerra como ésa. Y allí es que surge este grupo de buenos artistas, originales y profundos, que deciden hacer un arte deliberadamente antiestético. Debieron sentir que hacían algo profundamente significativo al abusar (vejar) de la belleza. Produjeron un trabajo que expresaba su revulsión, su indignación. Pero desde esa época se ha estimado que si eres serio como artista lo expresarás rechazando la belleza en tu trabajo. Ésa era la situación, aunque luego empecé a pensar en ciertos trabajos en los que la belleza estaba asociada con la guerra.


Arthur C. Danto, El fin de la belleza

 

XXII Café Filosófico Virtual

Concluimos la actividad eligiendo democráticamente el tema y la fecha para el próximo Café Filosófico.

Domingo, 20 de marzo a las 17:00 (hora española)

"¿Qué significa vivir en pareja?"

 

Referencias

1.Jaeger, W. (1985). Paideia: los ideales de la cultura griega, trad. Xirau, J. & Roces, W. México DF: Fondo de Cultura Económica.
2.Areté como Kalos Kagathos: Lo Bueno y Bello en el atleta griego. Endika Martínez-Gutierrez TFG.
https://addi.ehu.es/bitstream/handle/10810/23447/TFG_Mart%C3%ADnez%2CE.pdf?sequence=1&isAllowed=y
2.Estética de lo feo, Rosenkranz https://letraspalabrastextos.weebly.com/uploads/1/4/2/7/14270166/rosenkranz%2C_karl_-_est%C3%A9tica_de_lo_feo.pdf
3.Hume, Ensayos morales, políticos y literarios
4.Kant, Crítica del juicio
5. Arthur C. Danto, El fin de la belleza
https://pdfslide.tips/documents/danto-arthur-el-abuso-de-la-bellezapdf.html
"La belleza no es tan importante para el arte, lo relevante es el significado de la obra"
https://elpais.com/diario/2005/04/02/babelia/1112398750_850215.html



domingo, 13 de febrero de 2022

XXI Café Filosófico Virtual: "¿Qué es la belleza?"

Nos encanta poder ofrecer otra oportunidad más para participar en el Café Filosófico Virtual nº 21. En esta actividad vamos a tratar el siguiente tema:


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Nuestra máxima es muy simple:

"No es suficiente tener el valor en tus convicciones, también debes tener el valor de que tus convicciones sean desafiadas."  Christopher Phillipps - Sócrates Café

lunes, 7 de enero de 2013

4º Café Filosófico Shogun Salamanca (10-1-13) y 19º Café Filosófico Ateneo de Salamanca (13-1-13)

Entrados ya en un nuevo año, volvemos a nuestras actividades de Filosofía Aplicada con una semana interesante:

https://fbcdn-profile-a.akamaihd.net/hprofile-ak-ash4/373526_397268007014915_1148289077_n.jpg- El jueves 10 de enero en la tienda Shogun Salamanca (C/Padilleros, 11) a las 18:00, realizaremos nuestro 4º Café Filosófico "9 Bellos Artes, 9 Cafés Filosóficos" con el tema: "Música: ¿creatividad vs. fórmula?". En estas sesiones hemos innovado mucho a la manera de enseñarlos y de plantearlos y han salido actividades muy buena y esta semana toca darle el paso a la Música y la ya clásica disputa de la creatividad frente a la música estereotipada, la música que nace de la improvisación o de la fórmula estandarizada ¿Hemos evolucionado mucho con respecto a la música? Además como es costumbre seguiremos analizando 3 falacias argumentativas y las comentaremos para ver como somos realmente responsables de la calidad de nuestros argumentos.

El coste de la actividad son 3€ (con café y bollo para los asistentes)
El evento en Facebook de la actividad:
https://www.facebook.com/events/269478849844805/

-El domingo 13 de Enero continuaremos con nuestro Café Filosófico que ya va por la 19ª sesión, en la cual abordaremos el problema de la naturaleza y la belleza
¿Por qué nos emociona la belleza de la naturaleza? Abordando la temática de lo bello ante lo natural, de la impresión nuestra ante la contemplación de la naturaleza. Aunque también ahondaremos en si realmente la naturaleza es bella o somos nosotros quien imprimimos en ella un matiz de belleza mientras ella es, simplemente.

Sería perfecto poder hacerlo en el campo o en una montaña, pero nos tendremos que conformar con algunas imágenes en el Ateneo de Salamanca (C/Zamora 64), a las 17:00 de la tarde.
Esta actividad tiene un coste de 3,30€ (incluye actividad, consumición y galletas artesanales)
El evento en Facebook: https://www.facebook.com/events/130852237076046/
Os esperamos
La filosofía no promete asegurar nada externo al hombre:[...] el objeto del arte de vivir es la propia vida de cada cual.
Epicteto