Koiné: Lengua común que se establece unificando los rasgos de diversas lenguas o dialectos. Pretende generar actividades de Filosofía aplicada y prácticas filosóficas en personas de todas las edades.

domingo, 15 de mayo de 2022

Taller de FpN en el II Festival de filosofía, ciencia y arte en Toledo

Tal y como ocurrió el año pasado, vamos a volver a repetir nuestra participación en el Festival de filosofía, ciencia y arte  con un taller de Filosofía para Niños que tendrá lugar en el castillo de San Servando, frente al casco histórico de Toledo. Un enclave cultural perfecto para la propuesta temática de este año: el futuro.

 


Algunas preguntas que nos plantean desde el festiva:

¿Qué nos depara el futuro? ¿Hacia dónde se dirigen nuestras sociedades políticas? ¿Qué podemos esperar de la ciencia? ¿Y qué hay de los derechos humanos y la democracia? ¿Cómo debe ser la educación del futuro? ¿Qué podemos hacer?

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martes, 10 de mayo de 2022

Resumen: XXIII Café Filosófico Virtual: “¿Existe una pérdida de principios en nuestra sociedad?

  ** Aviso ** Esto es un resumen de la actividad. Puede contener equívocos y algunos comentarios o aportaciones que se hicieron pero que no se se recopilaron.

Comenzamos el Café Filosófico Virtual nº 23 con los saludos pertinentes y realizando, como es costumbre un pequeño estimulador reflexivo para posicionar algunas de nuestros principios éticos y relacionarlos con el tema. En esta ocasiones les pedimos que pensaran en los distintos principios éticos que han gobernado su vida durante las distintas etapas de esta.

Estos fueron algunos ejemplos.




Tras esta estimulante actividad pasamos a comentar los textos de esta semana.


1. ¿Qué es un principio?
Un principio es el comienzo de algo. El concepto también se emplea para nombrar a un valor o a un postulado que se tiene en cuenta para el desarrollo de una acción. Un principio, de este modo, puede ser equivalente a una norma.

Ético, por otra parte, refiere a lo relacionado con la ética (la rama filosófica que se centra en los asuntos morales). La ética, en este sentido, está formada por las reglas morales que se toman como base para el accionar.

Con estas aclaraciones, podemos analizar la noción de principio ético. Se trata de una regla que sirve como guía para definir la conducta, ya que recoge aquello que se toma como válido o bueno.
 
2. ¿Necesitamos los principios?
Los principios éticos formarán parte de lo más íntimo de los humanos y actuarán como inductores de comportamientos aceptables, y luego asumidos por el yo profundo, se interiorizan y forman parte de él. Y de ella se derivaran normas de comportamiento, y si quieren leyes. Las normas éticas son de obligado cumplimiento, pero en caso de no hacerlo no conllevan un castigo implícito. Posiblemente baste con la exclusión del sujeto, con no considerarlo.

Ética y moral, sus relaciones: Ética deriva de la palabra griega ethos, y la moral de la palabra latina moris pero ambas significan costumbre. Se refiere a costumbres, normas, reglas que las sociedades se han dado. Es sabido que no se puede vivir sin normas: las hay hasta en el fútbol. La moral establece normas de convivencia, que suelen ser distintas en las diferentes sociedades; ello ha creado sus costumbres. Ir o no cubierto, darse la mano, tolerar el destape, la pornografía, consumir o no drogas, conducir por la izquierda, o que exista el divorcio, etc?

La ética se orienta a la bondad o maldad de los actos. Los califica. Se basa en la razón y se orienta a verdades científicas, racionales. La moral incluye normas que, en general, nos vienen del exterior, mientras que la ética, del interior, las que aceptamos.
[...]
¿Qué sería una ética universal? Un conjunto de normas que rigen la conducta del individuo, las sociedades y las naciones, a todos ellos. Pero no es fácil implementarla, se necesita una aceptación ética universal de lo que está bien y mal. La Ética inventa normas propias, pero al ser universal, deben orientarse a vivir todos. Debe ser capaz de describir principios básicos, de interés global, para la persistencia con el mayor acuerdo entre todos y la preservación del planeta. Su regla básica sería el humanismo. Los seres humanos tienen dignidad y deben ser tratados con ella: no se acepta la violencia, el respeto a la vida es clave. Vea si es complejo: la sociedad se divide entre los que aceptan y/o quieren prohibir el aborto. Algunas religiones incluyen lo que sería la regla de la reciprocidad: no hagas lo que no quieres que hagan contigo. Ello implica: fraternidad, honestidad, integridad, amor a la verdad.
Jaime Merino, ¿Necesitamos una ética universal?

3. ¿Son los principios universales?
Kant propone como principio moral supremo la autonomía de la voluntad, es decir, la exigencia de que la voluntad se determine por su propia ley. Esto equivale a actuar como lo exige el "imperativo categórico", a saber, según aquella máxima que se pueda querer como ley universal. Sin entrar en temas específicos de la filosofía kantiana, importa señalar que el imperativo categórico es concebido como un procedimiento para juzgar moralmente los actos. Se trata quizás del mejor ejemplo de aquello que la Ilustración aspiró a brindar al debate público, a saber, criterios y métodos de justificación racional para evaluar el carácter moral de las acciones.

La búsqueda de principios universalmente válidos concluyó, a su vez, en la idea clave de que esos principios ya existen y que la tarea de la filosofía consiste en sacarlos a la luz. Su validez es independiente de la sociedad y la cultura, y una vez formulados, ningún ser racional podría negarlos. Al mismo tiempo, deben estar ligados a una clase de racionalidad práctica que no se subordine a ningún fin exterior a ella y que sea de una naturaleza superior a la racionalidad meramente instrumental. W. D. Ross, un filósofo que compartió en pleno siglo XX los supuestos ilustrados, ofrece una analogía que sirve para clarificar la manera en que se concibieron los principios éticos. La mente humana, sostiene este filósofo, "tiene en realidad una visión a priori de ciertos vastos principios de la moralidad", lo cual se debe a que "hay un sistema de verdad moral tan objetivo como debe serlo toda moral."
Está cerrado el debate acerca de la fundamentación de principios morales? La Ilustración y la fundamentación de la ética, Andrés Crelier
 
4. ¿Y si nos equivocamos en la Ilustración?
Entre la variedad de críticos del proyecto ilustrado, cuya completa reseña excede los límites de esta introducción, se puede mencionar también a los llamados "comunitaristas", grupo de pensadores que surge en las últimas décadas del siglo XX, en el ámbito anglosajón. Resulta apropiado reseñar brevemente la postura de dos de ellos, ya que sus puntos de vista expresan algunos de los reparos más recientes al proyecto ilustrado.

Alasdaire MacIntyre, quizás el más radical de ellos, sostiene que la nuestra es una cultura incoherente, constituida por fragmentos sociales y culturales heredados de diferentes tradiciones y distintas etapas de la modernidad. Esto se expresa en los evidentes desacuerdos que existen en nuestros días acerca de cuestiones morales, políticas y culturales básicas, desacuerdos que se extienden hasta los mismos procedimientos propuestos para resolverlos y se esconden tras una retórica de consenso. Como consecuencia, la imposibilidad de llegar a conclusiones racionalmente justificables coexiste, para MacIntyre, con luchas entre grupos particulares para imponer las propias convicciones.

Charles Taylor, sin ser tan extremo en sus planteos, habla de un "malestar de la modernidad", cifrado en el olvido de las "fuentes morales" por parte de la filosofía y la sociedad contemporáneas. Nuestra cultura es experimentada como una pérdida de los horizontes que en el pasado daban un sentido al mundo y a la vida social; se ha ampliado el alcance de la razón instrumental y se ha acentuado el giro subjetivo que empobrece las vidas y vuelve tentativas e inciertas las creencias morales.

Se trata, tanto en el caso de Taylor como en el de MacIntyre, de una lectura "en negativo" del proyecto ilustrado, según la cual los valores de la autonomía, la libertad del individuo y el distanciamiento reflexivo con respecto a las tradiciones del pasado, son vistos como las causas de los males de la cultura contemporánea. Esa visión de las cosas habilita a MacIntyre a hablar del "fracaso" de la Ilustración y a adelantar una razón histórica del mismo, relacionada con el rechazo moderno de la tradición aristotélica. Sin una visión teleológica como la de esa tradición, y sin una idea de la naturaleza humana como la cristiana, el intento de descubrir nuevos fundamentos racionales y seculares no pudo, según él, resistir las críticas racionales. Como consecuencia indeseable –recalcada crudamente por Nietzsche-, la moralidad se ha transformado en una máscara y no hay argumentos que oponer al "emotivismo", ya encarnado en nuestra cultura, que considera a toda moral como una expresión subjetiva.
Está cerrado el debate acerca de la fundamentación de principios morales? La Ilustración y la fundamentación de la ética, Andrés Crelier
 
5. Los cinco valores éticos más fundamentales (Según Occidente)
- El respeto es, ni más ni menos, que la base a través de la que se relacionan las personas y la vía para compartir intereses y necesidades en cualquier contexto: trabajo, familia, amistades, estudios… Es el valor bidireccional por excelencia, pues solo se entiende en ambas direcciones: respeto a los padres u otras figuras de autoridad, a la naturaleza, a la ley. También ayuda a entender otros valores éticos como la tolerancia o valores humanos como la empatía.

- La justicia se encarga de ser equitativa con las personas de un modo imparcial y aplicando reglamentos aceptados por el grueso de la sociedad y enfocados hacia el bien común. En este caso, justicia como término, no es más que la concepción que cada época tiene sobre sus normas jurídicas, y aspira a mantener la armonía entre personas y, entre personas e instituciones. Aunque la concepción de lo justo puede variar entre sociedades, en todas ellas existe un marco jurídico y la mayoría de los seres humanos tienen una concepción mental de su significado y una aspiración hacia este tipo de acciones.

- Nuestras sociedades no podrían funcionar sin justicia ni respeto, pero tampoco sin el establecimiento de compromisos y la asunción de responsabilidades. Las personas asumimos, conscientemente, una serie de obligaciones y respondemos ante las consecuencias derivadas en todos los ámbitos de la vida: trabajo, familia, amigos… Desde adoptar a un perro como nuevo miembro de la familia y cuidarlo toda su vida (comida, atenciones, paseos, gastos veterinarios), hasta aceptar un trabajo y realizar esta labor con tenacidad y estabilidad durante toda la duración del contrato.

-La honestidad es la que más relacionado está con el resto: con valores como la verdad, la justicia y el respeto. La honestidad es vivir de acuerdo a como pensamos y sentimos, ser coherentes con nuestro pensamiento y modo de vida, y relacionarnos de este modo con el mundo que nos rodea, las cosas que nos suceden y el resto de los seres humanos.

- La libertad es esa capacidad que posee todo ser humano para poder actuar a lo largo de su vida conforme a su propia voluntad, mediante una elección libre, sin condicionantes personales o externos. Sin embargo, la libertad también es una lucha constante, siempre relativa, porque las influencias que nos rodean nos limitan esta capacidad y hacen imposible que podamos hablar en términos absolutos. Quizá por esto último la libertad es, entre los valores éticos, por el que más se ha luchado, pues sin ella, es difícil que puedan desarrollarse la honestidad, la responsabilidad, la justicia o el respeto en nuestras sociedades.
Cinco valores éticos fundamentales, Ayuda en Acción
 
6. ¿Cuáles son los principios del mañana?
Sin duda: la bioética, en ese amplio sentido que coincide en este caso con el etimológico del término, tiene por negocio el fenómeno de la vida en sus diversas manifestaciones. Reuniéndolas bajo su supervisión, da buena muestra de que hoy en día resulta imposible reflexionar éticamente sobre un campo vital sin tener en cuenta los restantes, de modo que, de la, misma-manera que la primera ley del ecologismo consiste en recordar la interdependencia existente entre todos los lugares de la Tierra, podríamos decir que la ley primera de la bioética consistiría a su vez en recordar la interdependencia existente entre todas las manifestaciones de la vida. Se erige, pues, este saber, así entendido, en una suerte de ética general, que se las ha relacionado con toda la rica gama de fenómenos vitales, desde las cuestiones ecológicas a las clínicas, desde la investigación con humanos al problema de los presuntos derechos de los animales. Ño en vano uno de los primeros libros —si no el primero— .que ha-llevado el título «Bioética» entiende esta nueva disciplina como un puente entre la cultura de las ciencias y la de las humanidades para contribuir con ello al futuro de la especie humana, asegurando su supervivencia y la mejora.de la calidad de vida. Sería, pues, la bioética — en palabras de D. Gracia— un modo de enfocar la ética desde la defensa de la vida amenazada, (una macroética), que requiere, para ser responsable, operativizar en derecho y política. Por eso,,si la bioética descubre exigencias morales, tales exigencias reclaman un correspondiente bíoderecho, que ponga las condiciones para hacer efectiva su satisfacción en el ordenamiento jurídico, y una biopolítica, que organice intenacionalmente las instituciones y mecanismos para dar cauce a la efectiva satisfacción de las exigencias morales
[...]
 
Tres son los principios allí enunciados, el segundo dé los cuales puede,.a su vez,, desdoblarse en dos:

1) El respeto por las personas, que «incorpora al menos dos con vicciones éticas: primera, que los -individuos deberían ser tratados como seres autónomos, y segunda, que las personas cuya autonomía está disminuida deben ser objeto de protección».
2) El principio de beneficencia, según el cual «las personas son tra tadas de una forma ética, no sólo respetando sus decisiones y protegiendo las del daño, sino también haciendo un esfuerzo por asegurar su bienestar». La beneficencia no.se entiende aquí como una actitud supererogatoria, sino como una obligación del médico, y en este sentido se explícita en dos reglas: 1) el principio hipocrático de no-maleficencia, que es también el segundo de los deberes jurídicos expuesto por Ulpiano en el Corpus In ris Civilis, y que dice «neminem laede» (no dañes a nadie), 2) la obligación-de «extremar los posibles beneficios y minimizar los posibles riesgos». 3) El principio de justicia, que. intenta responder a la pregunta «¿quién debe recibir los beneficios de la investigación y sufrir sus cargas?»
Ética aplicada y democracia radical, Adela Cortina.


7. Los principios líquidos en la modernidad líquida

La modernidad líquida es un tiempo sin certezas. Sus sujetos, que lucharon durante la Ilustración por poder obtener libertades civiles y deshacerse de la tradición, se encuentran ahora con la obligación de ser libres. Hemos pasado a tener que diseñar nuestra vida como proyecto y performance. Más allá de ello, del proyecto, todo sólo es un espejismo. La cultura laboral de la flexibilidad arruina la previsión de futuro, deshace el sentido de la carrera profesional y de la experiencia acumulada. Por su parte, la familia nuclear se ha transformado en una “relación pura” donde cada “socio” puede abandonar al otro a la primera dificultad. El amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro, siendo su mejor expresión el vínculo sin cara que ofrece la Web. Las Instituciones no son ya anclas de las existencias personales. En decadencia el Estado de bienestar y sin relatos colectivos que otorguen sentido a la historia y a las vidas individuales, surfeamos en las olas de una sociedad líquida siempre cambiante –incierta– y cada vez más imprevisible.
[...]
¿Quién soy? Esta pregunta sólo puede responderse hoy de un modo delirante, pero no por el extravío de la gente, sino por la divagación infantil de los grandes intelectuales. Para Bauman la identidad en esta sociedad de consumo se recicla. Es ondulante, espumosa, resbaladiza, acuosa, tanto como su monótona metáfora preferida: la liquidez. ¿No sería mejor hablar de una metáfora de lo gaseoso? Porque lo líquido puede ser más o menos denso, más o menos pesado, pero desde luego no es evanescente. Sería preferible pensar que somos más bien densos – como la imagen de la Espuma que propone Sloterdijk para cerrar su trilogía Esferas, allí con la implosión de las esferas– se intenta dar cuenta del carácter multifocal de la vida moderna, de los movimientos de expansión de los sujetos que se trasladan y aglomeran hasta formar espumas donde se establecen complejas y frágiles interrelaciones, carentes de centro y en constante movilidad expansiva o decreciente
[...]
Nuestras comunidades son artificiales, líquidas, frágiles; tan pronto como desaparezca el entusiasmo de sus miembros por mantener la comunidad ésta desaparece con ellos. No es posible evitar los flujos, no se pueden cerrar las fronteras a los inmigrantes, al comercio, a la información, al capital. Hace un año miles de personas en Inglaterra se encontraron repentinamente desempleadas, ya que el servicio de información telefónica había sido trasladado a la India, en donde hablan inglés y cobran una quinta parte del salario.
Zygmunt Bauman: Modernidad líquida y fragilidad humana, Adolfo Vásquez Rocca
Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 19 (2008.3)


Para terminar elegimos la fecha y el tema del Café Filosófico Virtual nº 24.
Domingo, 12 de junio a las 17:00 (hora española)
 
¿Está el ser humano preparado para el poliamor?
 
 
 
8. Referencias

Jaime Merino, ¿Necesitamos una ética universal?
https://www.informacion.es/opinion/2015/06/21/necesitamos-etica-universal-6385041.html

Definición Principio-Ético
https://definicion.de/principio-etico/

Está cerrado el debate acerca de la fundamentación de principios morales? La Ilustración y la fundamentación de la ética, Andrés Crelier. Revista al tema del hombre. Serie: La responsabilidad.
http://www.chasque.net/frontpage/relacion/0308/etica.htm

Cinco valores éticos fundamentales, Ayuda en Acción
https://ayudaenaccion.org/blog/educacion/valores-eticos-ejemplos/

Ética aplicada y democracia radical, Adela Cortina, Tecnos, 2008.

Zygmunt Bauman: Modernidad líquida y fragilidad humana
Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 19 (2008.3)
https://revistas.ucm.es/index.php/NOMA/article/download/NOMA0808320309A/26351


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domingo, 1 de mayo de 2022

XXIII Café Filosófico Virutal: "¿Existe una pérdida de principios en nuestra sociedad?

Apenas hemos terminado de saborear los posos del Café Filosófico nº 22, nos adentramos en el Café Filosófico nº 23 en el que abordaremos qué es un principio, cuáles son los principios que han construido nuestra sociedad y si hemos perdido alguno de ellos o los hemos sustituidos por algunos otros en los últimos tiempos.


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Nuestra máxima es muy simple:

"No es suficiente tener el valor en tus convicciones, también debes tener el valor de que tus convicciones sean desafiadas."  Christopher Phillipps - Sócrates Café

lunes, 25 de abril de 2022

Resumen: XXII Café Filosófico Virtual: "¿Qué significa vivir en pareja?"

 ** Aviso ** Esto es un resumen de la actividad. Puede contener equívocos y algunos comentarios o aportaciones que se hicieron pero que no se se recopilaron.

Empezamos el Café Filosófico Virtual nº 22 calentando motores y realizando un pequeño disparador para situarnos frente al tema. Les pedi que pensaran en cinco normas, ordenadas de mayor a menor, que deban darse en una relación de pareja sana. 


 Cada quien dio su lista y sus prioridades. Entre estas salió el diálogo, la confianza, el respeto, la vida sexual activa, el cariño, el compromiso, la responsabilidad, los proyectos comunes, el espacio individual, etc.

Tras esto pasamos a leer los fragmentos del libro Amo, luego existo, de Manuel Cruz (Espasa, 2010) y pasamos a analizarlos.

1. El amor entre los cuerpos (Pedro Abelardo y Eloísa)

«Parecería como si el umbral máximo de lo que resultara entre nosotros correcto aceptar para quienes han dejado definitivamente atrás la condición de cuerpos gloriosos fuera el de una ternura apenas coloreada por una suave tonalidad pastel de pasión residual. Pero tal vez el cuerpo responda a una lógica que a tales discursos se le escapa por completo. Tal vez sea que, así como la palabra guarda la memoria del alma, el deseo conserva la memoria del cuerpo. O quizá sea que el cuerpo tiene su propia memoria y es capaz de ver en el cuerpo que yace a su lado el que fue, aunque ya apenas lo sea; rescata del olvido el brillo del pasado y lo trae, con amorosa delicadeza, hasta el presente, redimiéndolo de la usura del tiempo, del castigo inmisericorde del devenir. Se equivocan quienes creen que los cuerpos se conforman, se resignan, se avienen a lo que les es dado. No. El cuerpo recuerda la plenitud que tuvo aquel otro con el que ahora se está fundiendo. El cuerpo preserva la memoria —su propia memoria— de lo que conoció, de lo que alguna vez fue suyo. No intento referir una ensoñación o una fantasía. Absténganse de sonreír, displicentes, sobrados en su ignorancia, quienes no conozcan esta experiencia: sentir la violenta punzada del deseo al reconocer en ese cuerpo que ha cambiado radicalmente, que casi en nada se parece al de tiempo atrás, sus contornos perdidos, el fresco olor que lo identificaba, la tersura hoy marchita de su piel. Solo desde esa memoria del cuerpo a la que me he venido refiriendo resulta inteligible tan reveladora experiencia. Quienes sí la conozcan no solo sabrán, con perfecta exactitud —con total precisión—, de qué he estado hablando. Gozarán, además, de un privilegio suplementario: comprenderán el significado profundo de lo que les pasa y, en similar proporción, acaso les sea dado reconciliarse con ello, desembarazándose, en el mismo gesto, del sentimiento de vergüenza y de culpa que esta sociedad se obstina en cargar sobre sus conciencias por cometer el delito de desear libremente.»

2. Del amor como alegría (Spinoza).

«Aquello, por tanto, que constituye la condición de posibilidad de la alegría es al propio tiempo lo que la amenaza. Aquello que el individuo ama porque constituye el instrumento privilegiado para alcanzar la felicidad es precisamente aquello que lo esclaviza y, en la misma medida, lo que le resulta odioso. Las emociones, imprescindibles para preservar, perseverar y mejorar al sujeto, lo convierten en dependiente de la fortuna, condenado «a ser zarandeado por causas exteriores y no gozar nunca de la verdadera tranquilidad de ánimo». La inequívoca inspiración estoica de los planteamientos spinozianos aboca, en el caso específico de la emoción amorosa, a la misoginia y, en el de las emociones en general, a la renuncia a las cosas que otros consideran esenciales para el bienestar. No existe, de acuerdo con lo expuesto, más amor que el amor anestesiado, más pasión que la que conseguimos que no exista. Hay renuncia, reconoce Spinoza al final de la Ética, pero ella misma es la prueba de que hemos alcanzado la felicidad. Alguien podría valorar este recurso argumentativo postrero como una manifestación, apenas enmascarada, de la ancestral tendencia del pensamiento a presentar lo inevitable como virtuoso. Se diría que nuestro autor intenta protegerse de este reproche cuando concluye su libro con un tan rotundo como enigmático «todo lo excelso es tan difícil como raro». Pero tal vez conviniera detenerse un paso antes de esa conclusión, en el momento en el que Spinoza constata el misterio que acompaña a la elección de la persona amada. Que quedemos prendados de alguien que sobre el papel no cumplía ninguno de los requisitos que estábamos convencidos de que debía cumplir nuestra pareja ideal o que, a la inversa, nunca estalle la chispa con aquella otra persona que sí parecía cumplirlos y con la que incluso, por añadidura, teníamos trato frecuente y fluido, quizá no impugne la idea spinoziana de que lo que está en juego en el amor es la satisfacción de toda una serie de necesidades profundas del yo. Acaso lo que pruebe la pareja inesperada o sorprendente es que uno nunca termina de conocerse del todo a sí mismo.»

3. Acerca de la promesa, tan imposible como inevitable, de amor eterno (Nietzsche).


«Caemos entonces en la cuenta de que lo que realmente habríamos perdido en el camino es algo de nosotros mismos. Nuestro propio yo habría cambiado, lo que es como decir que el yo anterior habría muerto. Se trata, señala Proust, de «una verdadera muerte de nosotros mismos, muerte tras la que vendrá una resurrección, pero ya de un ser diferente y que no puede inspirar cariño a esas partes de mi antiguo yo condenadas a muerte». La cosa va más allá, pues, del hecho sabido de que mi relación con los otros proporciona la ocasión, el medio, para tener noticia de mí, o incluso de que la única forma de experiencia de mí mismo me viene dada a través del otro. Estaríamos afirmando que en realidad son los otros —y especialmente esos otros a los que nos abandonamos en la experiencia amorosa— quienes nos constituyen, quienes nos conforman, quienes nos hacer ser, precisamente, aquello que somos. De tal manera que cuando se van, cuando los perdemos, cuando desaparecen de nuestras vidas, se llevan con ellos algo sustancial, básico, de nuestra realidad personal. Su muerte es nuestra muerte o —si es nuestra la decisión de terminar con ese vínculo— nuestro suicidio. No se pretende con lo anterior cargar las tintas retóricas o deslizarse hacia la grandilocuencia sentimental. Estamos hablando de la esfera simbólica, claro está, pero resulta escasamente discutible la centralidad que la misma ocupa en la existencia humana. Quedarnos sin un yo continuo, permanente, estable (opción con la que tanto parece sintonizar Nietzsche), altera de manera sustantiva los esquemas mentales con los que estábamos acostumbrados a funcionar, también en materia amorosa. Si pasamos a hablar en términos de discontinuidad del yo o, dando un paso más, de múltiples yoes a lo largo de nuestra vida, la mayor parte de registros con los que funcionábamos para administrar nuestras relaciones con el futuro y con el pasado parecen saltar por los aires. ¿Qué sentido podría tener la nostalgia por un pasado que atribuiríamos a un yo diferente al actual? ¿O la melancolía por lo que pudo haber sido y no fue... de otro? ¿Tendría más sentido la ilusión por lo que pueda esperarle a alguien que tal vez ni siquiera sea yo mismo? Acaso la disolución más inquietante del yo no sea la que se produce en la cima de la pasión, en los instantes-cumbre del vértigo amoroso: a fin de cuentas, de tales presuntas disoluciones teníamos sobrada noticia a través de los románticos —que se encargaron, de paso, de tranquilizarnos, haciéndonos saber el carácter reversible, un poco de mentirijillas, de las mismas—. El escritor que, exaltado y torrencial, nos narra cómo vivió aquella experiencia en la que creyó perder su yo en otros brazos puede hacerlo, precisamente, porque lo ha recuperado (y regresa para contarlo). La tristeza fría del que juró amor eterno en vano es, en cambio, el relato remansado de la ruina de una intensidad. La crónica de una desaparición que se lleva consigo al cronista. El mapa de un mundo empobrecido.»

4. El debate sobre el paternalismo (Sartre y Beauvoir).

«No solo la figura de la sacerdotisa o el poeta sino también la del enamorado aparecía revestida de un considerable prestigio social. Eran locos, sí, pero locos elegidos por un dios que los había trastornado. Su locura, en consecuencia, era pasión, inspiración, delirio profético. Frente a esto, probablemente lo más correcto que cabría decir para señalar la diferencia respecto a la situación actual es que nosotros no terminamos de saber a qué carta quedarnos, excepción hecha de la enfermedad mental, de la que se ha hecho cargo decididamente el discurso de la psiquiatría. Pero si pensamos en el caso de los enamorados, parece claro que nuestra sociedad tiende a considerarlos o no incompetentes básicos más por las consecuencias de sus acciones que por sus acciones mismas. Si aquellas resultan institucionalmente aceptables, los errores de perspectiva de los protagonistas tienden a ser juzgados no solo como inocuos, sino incluso como necesarios (por no decir positivos). De tal manera que a nadie se le ocurriría, pongamos por caso, preocuparse en el transcurso de una ceremonia nupcial por el hecho de que los contrayentes, cegados de amor, creyeran ver el uno en el otro dones interiores o exteriores que a un observador imparcial se le antojaran más que dudosos. En tal caso, a buen seguro dicho observador tendería a manifestar, en un alarde de condescendiente consecuencialismo: «mientras sean felices...». En tanto que si, por el contrario, esa misma ceguera de amor les llevara a cometer locuras, esto es, poner su vida patas arriba, deshaciendo un hogar, poniendo en peligro sus bienes u otras catástrofes parecidas, lo más probable es que, de estar en su mano, el presunto observador imparcial de hace un momento intentara incluso incapacitarlos (esto es, declararlos incompetentes básicos desde un punto de vista legal). Nuestra sociedad, en efecto, no parece acabar de saber a este respecto a qué carta quedarse con los enamorados. Pero, en todo caso, mientras de puertas para afuera los jalea abiertamente, de puertas para adentro da la sensación de que no se fía ni un pelo de ellos. Desde luego, Sartre en sus libros parecía desconfiar mucho. Con todo lo que él había vivido. ¿O tal vez era precisamente por ello?»

5. La construcción social de la soledad (Hannah Arendt)

 «Tal vez sea este el cabo del que valga la pena tirar para intentar deshacer la pequeña madeja esbozada. En efecto, vista desde esta última perspectiva, cabría definir la soledad como la vivencia de que no importamos a aquellos que nos importan. La persona que le cuenta a otra su sentimiento de soledad no está incurriendo en una grosera contradicción (¿cómo va a estar solo alguien que tiene ante quién lamentarse de su soledad?), porque el supuesto de fondo es esa dimensión cualitativa, selectiva, de la soledad. Que incluso admitiría una vuelta de tuerca más: nos sentimos solos cuando no importamos de la manera que querríamos importar a aquellos que nos importan. El adolescente perdidamente enamorado de su compañera de pupitre no obtiene el menor consuelo porque esta le diga que siente un profundo afecto por él, o que lo considera su mejor amigo, y tiende a experimentar un sentimiento de abismal soledad por no ser correspondido. Por supuesto que la noción de importar dista de estar clara o de resultar inequívoca. Hay importancias que nos vienen dadas (en muchos sentidos), en tanto que otras dependen por completo de nosotros. Una madre o un padre no deciden que sus hijos son importantes para ellos (si se lo plantearan en tales términos probablemente diríamos que son padres desnaturalizados), mientras que en el caso de relaciones de un tipo distinto lo propio es afirmar que implican de manera necesaria un alto grado de construcción. No es solamente que uno elija, pongamos por caso, a sus amigos, sino que la relación misma de amistad, como suele decirse, se cultiva, esto es, reclama atención, cuidado e incluso mimo. Algo parecido cabría afirmar de la relación amorosa. Pero en todo caso hay una cuota ineludible de soledad, consustancial al hecho mismo de vivir con otros. No hay modo de sortear esa realidad: de la misma manera que todos conocemos la experiencia de estar solos, así también con bastante frecuencia no nos importan de la manera que ellas quisieran personas para las que nosotros podemos ser extremadamente importantes. No queda más opción que el aprendizaje de la soledad, que el esforzado trabajo interior de no identificar soledad con abandono, de aceptar que la compañía de los demás se dice de muchas maneras. En el primer redactado de la presente reflexión concluía señalando que, a fin de cuentas —por cambiar de registro (y recuperar de paso un argumento del principio) —, nadie está más solo que el que escribe y nadie, al mismo tiempo, puede esperar mayor compañía que la que proporcionan los textos. Luego, voces queridas me advirtieron del peligro de que un planteamiento así evocara concepciones romántico- idealistas-subjetivistas de la escritura. Decidí entonces acogerme a la autoridad de Arendt y recordar lo que ella escribe al tratar del hombre que ama la bondad: «en su vida con los demás ha de ocultarse de ellos y ni siquiera puede confiar en sí mismo para atestiguar lo que hace». En definitiva: «no está solitario, sino solo». Radicalmente solo, por si hace falta remachar el clavo.» 

6. ¿Por qué le llaman amor cuando quieren decir sexo? ¿O es justamente al revés? (Foucault)   

«Nos permiten pensar incluso la propia condición sexual como producto histórico-social. Pero —henos aquí ante la pregunta decisiva— ¿hacen inteligible el amor o lo convierten en un imposible, un espejismo o una excrecencia de otra cosa distinta a sí mismo? ¿Es solo un modo de subjetivación como cualquiera en el que el otro oficia a modo de instancia necesaria para la producción de la propia subjetividad? ¿Ejemplifican las relaciones que tienen lugar en el seno de una pareja aquel juego a que antes se aludió entre sujeto y sujetado, en el que la persona amada se constituye en el polo al que la que ama debe someterse (porque, en sus expectativas, anhelos y deseos, representa al tiempo que materializa un conjunto de normas sociales), pero que a la vez la instituye como soberana, protagonista libre que funda y decide el sentido de su propia existencia? En buena medida sí, con todo lo que esto implica. Porque la estricta aplicación de la lógica foucaultiana deja en evidencia, no solo cuánto tiene de frágil la sujeción, sino también cuánto tiene de espejismo la soberanía. El mismo vínculo amoroso que en un primer momento puede ser vivido como liberación (porque por fin permite al que ama estar con la persona amada sin restricción alguna), más tarde puede ser percibido como atadura. Y a la inversa: lo que antes de conocer a alguien pudo ser identificado con absoluto sometimiento, al enamorarse puede pasar a ser experimentado como plenitud liberadora. Al individuo le pasa lo mismo que a los grupos sociales, y de la misma manera que la historia de la humanidad está trufada de episodios de rechazo a las prácticas sociales encaminadas a la producción de identidades sometidas, de desobediencia de individuos y grupos a situaciones que finalmente han terminado por percibir como intolerables, así los individuos constantemente dan por finalizados capítulos de su existencia que en su momento abrieron con vocación de eternidad. Foucault, en efecto, se esforzó en pensar distinto. Lo que significa, entre muy diversas cosas, que intentó pensar con otras metáforas, tutelado por otras imágenes. Sabemos —gracias, entre otros, a Richard Rorty— a dónde conducen las figuras geométricas que atraviesan toda la filosofía occidental: a esquemas dicotómicos, jerárquicos y claustrofóbicos que convierten los límites del lenguaje en confín irrebasable. Así, ideas como la de la liberación son hijas de un esquema de este tipo, en el que el rechazo del orden establecido solo podía pensarse como fruto de una identidad alternativa, o de una identidad esencial sojuzgada que había terminado por rebelarse. Pero eso que nos obstinamos en llamar nuestra libertad ni está esperándonos en ningún exterior (como sucede en el modelo en el que alguien desde fuera viene a decirnos cómo debemos ser o cómo tenemos derecho a vivir, esto es, hace que veamos la luz), ni a salvo en el sagrario de ninguna profunda intimidad (como ocurre en esa versión según la cual algo muy dentro de nosotros nos lleva a responder de una determinada manera). Tanto Foucault como Deleuze han intentado superar este esquema imposible sugiriendo la noción, de inspiración inequívocamente visual («La superficie no se contrapone a la profundidad [que retoma a la superficie] sino a la interpretación»), del pliegue. Un pliegue es un interior hecho de exterior. Plegamos el exterior cuando en la relación que mantenemos con nosotros mismos aceptamos o rechazamos, asociamos, elegimos o combinamos modos diferentes de acción. Es así como conducimos nuestra conducta y somos artífices de esa conducción. Es en eso en lo que se sustancia la tan manoseada idea de libertad: en el margen, fundador de sometimiento o de novedad, de aceptar o rechazar, al que no cabe renunciar y del que no nos pueden desposeer. Pocos como el autor de Historia de la locura o Vigilar y castigar han mostrado con tanta crudeza el mal del que procedemos, el daño que habitaba en nuestro origen. Pero es precisamente el ser sabedor de todo eso —y el habérnoslo hecho saber a nosotros— lo que colma de sentido esa invocación a la pasión con la que se vio bruscamente interrumpida su obra. Era una invocación luminosamente desesperada: o habilitamos un pliegue para la vida o quedamos convertidos en un puro exterior, aplastados bajo el poder, adheridos a sus contornos como una segunda piel, convertidos en mera caja de resonancia de sus designios. La vida, precisamente porque es mortal, tiene que ser una obra de arte. Una existencia puede ser una obra perfecta y sublime, y se hace difícil pensar que tal cosa pueda darse sin la presencia de la pasión y del amor (¿nos atreveríamos a decir que vivió plenamente alguien que no los hubiera conocido?). O, si les parece, formulemos esto mismo en forma de máxima: una vida que renunciara a semejante aspiración, que no apuntara a un horizonte como el señalado, no sería digna de ser vivida.»


Concluimos la actividad eligiendo democráticamente el tema y la fecha para el XXIII Café Filosófico Virtual

Domingo, 8 de mayo a las 17:00 (hora española)

"¿Existe una pérdida de principios en nuestra sociedad?"

 

Referencias
Amo, luego existo. Manuel Cruz. Espasa, 2010

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domingo, 13 de marzo de 2022

XXII Café Filosófico Virtual: "¿Qué significa vivir en pareja?"

Volvemos, otro mes más, a abordar un tema nuevo elegido por las y los participantes del Café Filosófico. En esta ocasión la mayoría ha votado por este tema:

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Nuestra máxima es muy simple:

"No es suficiente tener el valor en tus convicciones, también debes tener el valor de que tus convicciones sean desafiadas."  Christopher Phillipps - Sócrates Café

 

La filosofía no promete asegurar nada externo al hombre:[...] el objeto del arte de vivir es la propia vida de cada cual.
Epicteto